Acerca de “El Perro Gamberro”

Mi nombre es Virginia y soy Vegana (V&V), he trabajado casi veinte años para la industria alimentaria internacional sin plantearme nada más, queriendo borrar de mí la conciencia, la coherencia y la verdad, dejándome llevar por la rutina hacia ningún lugar.

Me llamo Virginia y soy Vegana (V&V), he viajado por más de veinte países en la rigidez de un traje gris, guiada por el miedo y la inseguridad. He visto aeropuertos, oficinas, empaquetadoras, criaderos y mataderos, pero jamás he visto la vida, la risa, las montañas o el cielo… He visto sangre, vísceras y productos perecederos. Especulación, manipulación, mentiras y más miedo…. He llevado una venda translucida durante casi veinte años, que inmovilizaba mis ojos y todo mi cuerpo, como una inmensa camisa de fuerza invisible, manejada por hilos bien visibles.

Soy Virginia y soy Vegana (V&V), y tras casi dos décadas de horror y dos años de vegetarianismo estricto empecé a escucharme, me atreví a mirar de frente, me permití sentir lo que siento y empezar a soltar el miedo, la vergüenza y el silencio…

Fueron muchas las señales y llamadas recibidas desde los principios de ese tiempo, en forma de sueños algunas, después de que mi madre dejase esta vida, se fue demasiado joven y yo me quedé como una niña perdida…

Me desperté una noche completamente alterada, sudorosa, taquicárdica y aterrorizada, recordando un sueño que no parecía tal, era más real y definido que mis días, más claro que mis mañanas y más verdad que mi propia vida. Mi madre me llevaba a comer a un lugar donde íbamos con frecuencia cuando yo era pequeña y me daban las vacaciones del colegio, era como un regalo que me ofrecía el primer día de mis vacaciones, un “buffet” donde podía comer todas las patatas fritas y los helados que me apetecían. Estando allí, mi madre me indicaba que me pusiese a hacer cola en uno de los mostradores que más gente había, donde parecía que servían una de las mejores comidas. Yo me fui hacia ahí y desde el final de la fila observaba como a la gente le servían, lo que desde la distancia parecían unos pequeños cochinillos en salsa, me quede esperando mi turno sin dejar de mirar, y según iba acercándose mi vez, me iba dando cuenta que los pequeños cochinillos eran en realidad pequeños bebés (humanos), asados y servidos con una salsa por encima … y la gente se relamía, yo me quedaba inmóvil, pálida, sin saber qué hacer. Esa imagen desaparecía y aparecía mi madre frente a mí y en uno de sus gestos más característicos me decía literalmente: “No comas carne, la carne es malísima, malísima, ¿te has dado cuenta?”.

Recibí otra llamada, y esta vez no fue a través de un sueño, fue en un viaje de trabajo que decidí hacer en ultimo momento en coche, mi hermana estaba de vacaciones y así me podía acompañar a Lisboa, aprovecharía un poco el tiempo y podría volver a recorrer sus calles y sus cuestas, sentarme en sus miradores, respirar su aroma antiguo y decadente, vivo y palpitante. Es una de mis ciudades favoritas, quizá la más amada sin saber el porqué, cuando estoy allí me siento tranquila, el mar está cerca y la luz brilla más que en ningún otro lugar, es una luz que reconozco, una luz transparente y cálida. En Lisboa, “Lisboa Antiga”, me siento más en casa que en Madrid, nunca me pierdo por sus calles, siempre sé hacia donde voy, y no se por qué, quizá porque nací un 25 de Abril y me emociona escuchar “Grândola Vila Morena”, quizá porque mi madre me hablaba en forma de cuento, que ese día se hizo una revolución sin un solo disparo, repartiendo flores por las calles, la llamaron la revolución de los claveles…

Salimos de madrugada, para llegar temprano ganándole una hora al tiempo, yo tenía varias reuniones y quería aprovechar algo de libertad. Y en esa madrugada gélida de primavera temprana, dejando atrás Madrid por la conocida carretera de Extremadura. Me encontré con un camión que transportaba cerdos vivos, muy probablemente al matadero. Los llevaban apiñados y al raso, asomaban sus ojos y sus hocicos por entre las rejas, se oían chillidos y gruñidos aún con las ventanillas subidas, era una madrugada verdaderamente fría y al adelantar ese camión lentamente, pude mirarles a los ojos y sentir ese frío, ese desamparo y ese terror, y de pronto les empecé a ver como seres que viven, sienten, piensan y son conscientes. Ese lapso de tiempo se me hizo indeterminado, como si ese momento hubiese sido ya vivido y se me volviese a pasar a cámara lenta ante mis ojos … y me di cuenta que se daban cuenta… y me horroricé, y de nuevo no supe qué hacer ….

De ésto último habrán pasado ya más de doce años, no he vuelto a comer carne, pero seguí dejándome engañar, permanecí en los mismos puestos y en la misma industria, porque “era mi trabajo y alguien lo tenía que hacer, porque era mi profesión y mi futuro”. Y seguí tomando productos lácteos, especialmente queso, puesto que la leche en sí misma nunca me ha gustado, huevos, y pescado siempre que tenía que comer fuera. Ya que el pescado era el “producto” que yo comercializaba, pero algo más había cambiado en mí, ya no podía ver como antes el sacrificio de los peces. Antes para mí era algo normal y natural, era lo que teníamos que hacer para sobrevivir, lo necesitábamos… Pero yo ya no podía ver como cortaban las agallas a un pez para matarlo y desangrarlo, me mareaba al ver como lo abrían en canal y aspiraban con una sofisticada máquina sus vísceras, para después empaquetarlo en cajas con hielo y enviarlo a España.

Los últimos ocho años he trabajado por mi cuenta, cada día soportaba menos las ordenes sin sentido, la especulación y la mentira. Nunca he sido buena esclava, así que decidí “liberarme” de cualquier multinacional y convertirme en una asesora independiente que trabajaba con todos y para ninguno. Usé mi experiencia e hice de mí un puente, principalmente entre la industria exterior y la distribución en España, a pesar de lo que en general se reconoce como éxito, yo me sentía cada día más infeliz, más vendida y más esclava, al fin y al cabo, seguía trabajando para los mismos y éstos seguían utilizándome de la misma manera…

Una mañana me dirigía caminando deprisa, como casi todas las mañanas hacia mi oficina, de pronto me paré y un pensamiento vino a mi cabeza: “Si he de seguir haciendo ésto el resto de mi vida, prefiero no vivir”… lo vi tan claro… yo no era feliz, no quería trabajar así, viviendo de la muerte de otros seres y no era ese mi camino. Entonces tuve la fuerza de decir “NO” y terminar con una de las empresas con las que colaboraba, y desde ese instante, todo empezó a caer exactamente igual a un dominó, parecía cosa de magia… para mí había terminado la “carrera de ratas”.

Comencé a tener más tiempo, me informé más sobre los horrores de la industria alimentaria, farmacéutica, textil … Y un día apareció ante mí un vídeo con una charla de Gary Yourofsky, se llamaba “El mejor discurso que jamás escucharás” , yo pensé, “menuda chorrada, pero voy a ver” … no pude dejar de verlo, para mí, ese día y en ese momento fue una (otra) gran revelación, de hecho me lo puse varias veces e intenté que lo viera todo el mundo cercano a mí. Lloré y di las gracias por recibir esa información y desde ese momento no volví a probar ningún producto animal, ya no comía carne pero eliminé también totalmente el pescado, los lácteos, huevos y miel, y empecé a alimentarme con todos los productos que nacen de nuestra tierra. No tuve ningún problema, no eché de menos nada en absoluto, cada día me sentía mejor por dentro y por fuera, me sentía más en paz y apreciaba mucho más las cosas. Empecé a ver más que simplemente mirar, todo me parecía una bendición… cuando cortaba un calabacín, un tomate, un pepino, una deliciosa y refrescante raja de sandía, y qué ricos unos garbanzos, unas lentejas, unas judías con verduras y setas, no hace falta nada más … unas patatas al horno, con un poco de aceite de oliva, orégano y ajo espolvoreado … un aguacate, una piña, un plátano … naranjas, limones, higos, arroz, melón, berenjenas, espinacas, cebollas, puerros, ajos … perejil, hierbabuena, romero, pimentón, eneldo, pimienta negra, anisetes … nueces, almendras, bellotas, avellanas, uvas blancas y negras, aceitunas y aceite de oliva. Todo sale de la tierra, de nuestra tierra y es que no necesitamos nada más. Remolacha, zanahoria, nabo, nace de la tierra … ciruelas, melocotones, albaricoques del árbol que nace de la tierra … me sentía abrumada por tanta variedad, por la facilidad de todo y me daba rabia el gran engaño al que somos sometidos, al que han sido sometidos nuestros padres, nuestros abuelos … todo es una gran mentira, la tierra nos da todo, absolutamente todo lo que necesitamos, de esa forma la cuidamos y cuidamos a nuestros compañeros animales en este camino … en realidad es todo tan fácil, solo hay que abrir los ojos y atreverse a soltar…

Llego el verano, cogí mi mochila y me marché a recorrer Camboya, siempre había querido visitar los templos de Angkor y ese verano por fin lo hice, y allí, en Siem Reap, una noche tomando una cerveza en el mercado nocturno decidí que quería cocinar, era lo que siempre me había gustado más, quizá por ello siempre había elegido trabajar para empresas alimentarias. No deseaba otra cosa, más que vivir sencillamente y hacer algo que me gustase, y con ello transmitir otra forma de vida, por nuestra salud, por los animales, por nuestra tierra, por respeto, por amor y por verdad.

Ésta es a grandes rasgos mi historia vegana y mi camino a la verdad, ya han pasado cerca de cuatro años y aún estoy buscando el sendero, pero la vida no es la meta, es el camino y todo lo que vas viviendo y encontrando en su vereda.

Solo quiero cocinar humildemente y transmitiros mis experiencias, mis recetas e ideas, para todos los que queráis empezar este camino…

Con infinito amor y agradecimiento.

V&V

15 pensamientos en “Acerca de “El Perro Gamberro”

  1. Pingback: Una maravillosa experiencia | El Perro Gamberro

  2. Kaixo,espero sigas en el camino,gracias por comunicar tus emociones,tus sueños tus deseos,muy hermoso tu escrito ,p’a lante ees muy valiente.Salud amor paz joaquina

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  3. No te conocía, Virginia. No conocía tu blog. Y ahora quienes te hemos leído conocemos hasta tu alma… ¡Gracias mil de corazón por este precioso regalo!
    Y hoy, un par de horas después de leerte en el blog, me encuentro con la noticia de que muy pronto abrirá en Madrid una tabernita vegana llamada “El perro gamberro”… ¡Gracias mil de nuevo por amar y difundir la cocina vegana!

    Le gusta a 1 persona

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